Lo cierto es que no me acuerdo. Ruidos, sonámbulos, cuerdas desanudadas, sales
desaliñadas, busca-amores cibernéticos, antiguos arrozales. Y aquí da lo mismo, o
importa mucho más, las bodas con coronas que las coronas de flores. Recuerdo aunque
no sea cierto, que en el mundo que vivi, los niños jugaban a la pelota en las plazuelas,
molestando a sus mayores con tortazos de balón, que las golondrinas volverían a sus
nidos y que harían el camino al andar. Recuerdo a Charles Bukowski jugando con Tom
& Jerry. Las pistolitas eran las manos con el índice carabinero, las noches dormían tranquilas, los días amanecían despiertos, y es que no, no me acuerdo, si los burdeles eran rojos o ásperos, si la manteca era grasienta o era caña. Si me acuerdo bien, de los portales enamorados en las despedidas, de los besos silenciosos, de las caricias bajo falda, del saludo del cortapunto vecino. Me acuerdo como si fuera ayer, de los carteles diplomáticos, de los puños cerrados mirando hacia arriba, de los grises, de los que eran rojos, del cielo azul. Los niños jugaban al escondite en las plazuelas, escondiéndose tras sus mayores y tras viejos olivos oxidados. La maleza no sirve y en la serranía dos coches de caballo se apuestan una victoria. No lo recuerdo, pero me acuerdo de los toques en la espalda de caciques dorados, las noches bajo nada y medias lunas llenas. En aquel entonces sonaban las sirenas con miedos y lloraban los ríos caudolasos y pecaban las manzanas y las conjunciones se separaban. Hubo una vez, solamente una, en la que murió Don Camilo. Su voz parecía de sargento desacreditado. Tenía la barba blanca y la cabeza deshabitada. Siempre su pardusco sombrero con el que saludaba a las mariposas y a las doncellas a las que, con educación y galantería, engatuzaba con bromas y leyendas. Siempre llevaba unos quevedos con los que creía ver mejor, pero Don Camilo sabía que no veía nada, que sus lentes borrosas se las había encontrado un domingo en la iglesia y que suponía que eran de un sacristán, tambien anciano, que rondaba por aquella época el poblado. Los niños jugaban a los caballos de caña correteando la plazuela, aparcando a sus rocines junto a sus mayores.
Lo recuerdo tan bien, su hablar quijotesco, y sus roídas botas, y sus comprometidos pantalones que siempre tenían la puerta abierta pues carecían de cerrojos. Don Camilo, aquella vez que murió, había ido como casi todos los días a rogar la muerte. Era feliz, como el que más, era campechano como los botijos, cándido como los paraguas en noches de incontinecia. Quería encontrarse con Morfeo y dejarse desierta el alma. Yo no sabía por qué. Quizás le apenaba morir sin descendencia como el cura de su pueblo (esto de dificil confirmación), o quizás era que quería comer alfajores y no podía digerir el gluten, o quizás era porque veía los malos modos con los que la juventud venidera estaba tratando a sus mayores, en aquellas plazuelas donde antes jugaban y ahora empapaban de gris acuoso y orin con cola. O a lo mejor, quería reunirse con aquel amor de la infancia, de cabellos de carbón. Aquella muerte fue bastante dramática para sus más que entradas trece primaveras y de las cuales nunca sobrepasó. Don Camilo siempre tuvo trece primaveras en sus más de ochenta y cuatro años. O a lo mejor era eso, que se había dado cuenta de que ya no era un niño. Y no lo era no porque sus huesos se lo dijesen. No lo era porque no estaba ella, y de aquello hacía ya muchos años, tantos, que a Don Camilo le hacía pensar que ya no era un mozo de pelo largo y pícara sonrisa.
No lo recuerdo tan bien como me gustaría pero un ápice de memoria me trae a la memoria a Victoria Kent e Inmaculada Vieira.
Los niños jugaban a ser hombres en las plazuelas molestando a sus mayores con tortazos de ruido y canciones desafinadas.
El día que murió Don Camilo se llevó con el los modales, la elegancia, el pudor sonrojado de las amapolas sonrientes, el sudor seco de los jornaleros, y las gargantas que gritaban libertad. Se llevó con él las mochilas llenas de escombros, y las espaldas doloridas. No se ahora bien si se llevó con el su niñez o la dejó en las manos de quien os escribe. Servidor pasea por las plazuelas acariciando balones, escondiéndose tras los mayores, entre los Don Camilos que me encuentro. No recuerdo bien si lo encontré muerto o fue él quien me encontró muerto a mi.